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Tío lindo dime tú.
El pulóver tenía un olor raro. Ese vellón inmundo del que nació. Esa oveja tanto o más espantosa que las otras ovejas. Aquella montaña, atiborrada de abetos. Mi tío y Pedro. Mi acomplejamiento, todo el extraño cambio que mi cuerpo comenzaba a sufrir. Los mórbidos pensamientos hacia Pedro. Hacia Pedro y el queso, y esa carne seca.
Pedro me acompañaba hasta el arroyo que cruzaba todo el lado oeste del campo de mi tío. Y esa maldita oveja! La madera de mis suecos volvía insostenible el descenso hasta el arroyo. Descalzarme. El rocío humedeciendo mis pies con la hierba haciéndose un camino entre mis dedos. Y Pedro y esa maldita oveja que corrían alejándose hasta que al fin los perdí de vista. Mi paso se tornaba premeditadamente mas tranquilo, el roce de mis pies desnudos estallaba en mi flamante madurez imágenes que hasta pocos meses antes me hubieran parecido desagradables, pero ahora me entusiasmaban. Y aparecen pedro y la oveja. Corro quitándome el vestido y, esquivando las piedras mas resbaladizas, me sumerjo entera en el arroyo. Mis pechos duros como camotes, y del color de unos camotes por el frío, sienten ahora además el roce de esas manos. Y así como mis pechos todo el cuerpo. Y como pasó primero con el arroyo, ahora pedro se sumerge de lleno en mí. El violento trenzado de las partes cerrándose con un hilo de sangre que nadaba arroyo adentro seguido por decenas de peces hipnotizados por el encanto de aquel color. Y esa condenada oveja!!! Y tras ella mi tío que da media vuelta y desaparece entre abetos arrastrando la bestia enlanada. Y ahora soportar el espantoso olor de este pulóver y recordar las manos de mi tío esquilando el animal. Esas manos esculpidas a fuerza de hachazos para el invierno. Callosas pero incapaces de negar una caricia. Las mismas que abrazaron mis rígidos pechos camote con la excusa de regalarme este pulóver. Dr. Cardo Santo | |
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