En estos días en que un tal H. G. Wells se ha convertido en el lugar común y en la moda obligada para unos cuantos ingenuos adeptos al extraño género conocido como 'ciencia ficción' (nombre tan paradójico que da miedo...), corresponde se haga un aporte más aún a tal causa. Aquí van las primeras reflexiones despertadas en este observador no participante por los eventos bien recientes a los que se hizo alusión. Habrá -no desesperen-, pronto, nuevas entregas dedicadas al tema. Y a otros temas, por supuesto.
¿Quién no pensó alguna vez que toda la historia de la humanidad bien podría ser una enorme mentira? Bueno, no es que el universo se vea afectado de manera crucial por esta posibilidad: la historia de la humanidad no equivale en absoluto a la historia del universo (aquella tan solo representa una pequeñísima e insustancial fracción dentro de ésta). Pero sigamos desarrollando la hipótesis. El pasado común no sería más que el invento de unas pocas (o muchas...) mentes maquiavélicas que, de tanto en tanto, van actualizando esta base de datos para tornar creíble la cosa. ¿Quiénes son esas 'mentes'? Tal vez no importe saberlo. ¿Habrá algo (sea mucho más feliz, sea una verdadera decepción... como el presente) que se pactó -se pacta- permanezca oculto? Puede que interese dar repuesta a esta pregunta. ¿Convienen términos como 'víctima' y 'victimario'? Invoco al siempre útil beneficio de la duda...
Entonces, cuando una expedición arqueológica se topa en las entrañas de la tierra con, digamos, las ruinas del templo de Atenea en la acrópolis de la actual capital griega, debemos suponer que no han estado buscando durante varios años. ¡Han estado construyéndolo durante varios años! ¡Vaya acto de fe el de quienes creen en la veracidad de numerosísimos testimonios! Si nadie es profeta en su tierra... tampoco lo es en su tiempo. Algo me produce la sospecha de que, dentro del grupo aquel de mentes maquiavélicas existe otro que pergenia acontecimientos más o menos relevantes para el 'ahora' (nada estruendoso, nada que deje una marca duradera en la volátil conciencia de las personas), los que serán luego aprovechados y desarrollados con el propósito de hacerlos pasar -casi denunciándolo- por aquello hacia lo cual todo el mundo se mostró, en su momento, inexplicablemente indiferente. Ni Copérnico, ni Darwin ni Freud cayeron muy bien a sus contemporáneos; tampoco cayeron muy mal. Es que 'sus contemporáneos' no exceden el ámbito de familia/amigos/colegas. Difícilmente el mundo entero haya estado pendiente de sus menesteres. Y el hecho de que para muchos en los siglos XVI, XIX y XX jamás haya existido, respectivamente, ninguno de los tres (abundan no informados aún en el siglo XXI), quizás nos lleve a la conclusión de que en realidad jamás han existido. De cualquier manera, al parecer, no viene al caso.
Por último, esbozo aquí el plan al que me atendré en caso de que esta curiosidad histórica siga hostigándome. ¿Cómo puede el pasado ser contemplado tal cual fue, prescindiendo de los testimonios -falsos- a nuestro alcance hoy en día? Pues muy fácil: construyendo una máquina del tiempo y viajando a través del mismo (así como, necesariamente, del espacio) a la manera de turista deslumbrado por el majestuoso Himalaya. Todo sea por el bien de la humanidad... Si tienen suerte, es probable que este interés por la lectura entre líneas se haya extinguido antes de que pudiera darme cuenta, y se devele lo más lógico: lo que leen no es producto de un razonamiento meticuloso sino de una evidente paranoia delirante gracias a la cual uno no puede adaptarse al mundo. Ni al de hoy ni al de ayer. O quizás la próxima moda suscite otros comentarios a ser publicados en este espacio. Cualquiera sea la alternativa, por el momento la máquina del tiempo está en marcha.
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